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¿Qué hacer con un Presidente enfermo?

28 abril 2000
Hugo Chávez

Hugo Chávez

Por: Alejandro Peña Esclusa

Seguidamente, extractos de un artículo escrito por Alejandro Peña Esclusa, publicado en mayo de 2000 en diversos medios electrónicos y en un folleto  titulado “¿Qué hacer con un Presidente enfermo?”

Según opinan prestigiosos psicólogos y psiquiatras, el Presidente sufre de lo que se denomina un “desorden de la personalidad”, de tipo “histriónico-narcisista”, tal como aparece descrito en las páginas 57 y 58 del libro Psiquiatría, de los célebres autores Rhoda Hahn, Lawrence Albers y Christopher Reist, de la Facultad de Medicina de la Universidad de California (ediciones Current Clinical Strategies, 1999).

Entre los síntomas de esta enfermedad están los siguientes: “el paciente no se siente cómodo a menos que sea el centro de atención”, “necesita ser admirado y exagera sus logros y talentos”, “la percepción inflada de sí mismo lo lleva a denigrar de los demás”, “muestra una actitud arrogante”, “sus actuaciones dramáticas cargadas de emotividad carecen de sinceridad”, “utiliza y manipula a los demás para alcanzar sus propios fines y sólo busca relaciones que lo beneficien de alguna manera”, “se molesta si no se le complace inmediatamente”, “el paciente comienza proyectos, pero es incapaz de finalizarlos (incluso relaciones personales)”, “sufre a menudo de ataques depresivos” (citas del libro mencionado).

Ya desde agosto de 1994, noté en Chávez un extraño cambio de conducta, lo cual me llevó a escribir un artículo titulado: “¿Le habrán lavado el cerebro a Hugo Chávez?”, en donde manifesté preocupación porque el comandante golpista hubiese sido objeto de una “operación psicológica”.

Incluso antes, en 1992, sus propios compañeros golpista veían con asombro algunas actitudes inexplicables de Chávez. El almirante Gruber Odremán, por ejemplo, describió en su libro Insurrección Militar del 27-N-1992, cómo Chávez traicionó y saboteó el golpe del 27 de noviembre.

Pero desde que llegó a la Presidencia, el ejercicio del poder casi absoluto y la actitud incondicional y adulante de quienes lo rodean, han exacerbado aún más los trastornos psicológicos de Chávez, a tal punto que ahora vive en un mundo de fantasía y ya no es capaz de reconocer la realidad:

En su mente, el Presidente se considera el máximo adalid del Ejército venezolano, pero en el mundo real apoya a la guerrilla colombiana, principal enemigo de la Fuerza Armada Venezolana. En su fantasía, Chávez quiere construir una democracia participativa, pero admite que su modelo es la horrenda dictadura de Fidel Castro. En sus discursos, Chávez expresa su deseo de reactivar la economía, pero en la práctica destruya la empresa privada y envía a un millón de compatriotas al desempleo. Pretende reconstruir Vargas, pero no hace nada por lograrlo. Dice ser católico, pero irrespeta y ataca con odio a la Iglesia, al punto que la Conferencia Episcopal Venezolana lo considera como el presidente venezolano que más se ha enfrentado con la Iglesia.

Como puede notarse, el Presidente vive en dos mundos: uno en su mente, y otro –muy distinto– en la vida real. Que no quepa la menor duda, Chávez está enfermo, muy enfermo, y no es capaz de gobernar.

Lamentablemente, no hay instancias constitucionales capaces de solucionar este problema de Estado; los funcionarios públicos encargados de resolver este tipo de asunto han sido nombrados a dedo por el chavismo y dependen del Presidente. Hasta el Consejo Nacional Electoral está cuestionado y muchos, incluso los principales voceros de la Conferencia Episcopal Venezolana, temen que se preste a un fraude, no sólo en las próximas elecciones del 28 de mayo de 2000, sino en otras que puedan presentarse en el futuro.