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Corrupción, esquizofrenia y barbarie

11 diciembre 2009

Por: Alejandro Peña Esclusa

Esquizofrenia, del griego shizo (división) y phrenos (mente).

CaricaturaWeil

Caricatura de Roberto Weil

La “revolución bolivariana” experimenta uno de los casos más notables de esquizofrenia colectiva que jamás haya visto la humanidad en toda su historia. Su jefe, Hugo Chávez, se erige repentinamente como campeón de la lucha contra la corrupción, sin darse cuenta que él es la causa principal de todos y cada uno de los casos que persigue.

Chávez diariamente saquea las arcas del Estado -de manera pública y grosera- para entregar los recursos que pertenecen a todos los venezolanos a sus aliados revolucionarios: financia al gobierno cubano, compra bonos de la deuda argentina, equipa la policía boliviana, construye acueductos en Nicaragua, y, en fin, regala nuestro dinero a todo extranjero que se vista de rojo.

Los colaboradores de Chávez se preguntan: “Si mi jefe roba todos los días para proporcionarle fortunas a quien no conoce ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo, para mejorar mi propia condición y para beneficiar a mis familiares? Sí lo que él hace está justificado ¿Por qué lo que yo hago no?”

Chávez alaba en cadena nacional a los más grandes criminales que ha parido América Latina, los terroristas de las FARC, como Raúl Reyes y Manuel Marulanda. Se trata nada menos que de los capos del cartel de la cocaína más poderoso del hemisferio occidental. Son delincuentes que secuestran a diario, extorsionan por doquier, matan gente inocente, reclutan niños para la guerra, destruyen oleoductos y colocan minas quiebra patas.

Los integrantes del Alto Gobierno se cuestionan: “Si Chávez es capaz de justificar los horribles crímenes de Tirofijo y de Raúl Reyes, sólo por ser guerrilleros revolucionarios ¿Por qué se ensaña contra mí, que tan sólo me hago rico, si yo también soy revolucionario?”

Chávez despilfarra fortunas comprando armas para emprender una absurda guerra que nadie quiere, pero ignora el holocausto que viven los venezolanos todos los días, cuando el hampa los acribilla a mansalva.
Cualquier chavista se pregunta: “Si Chávez tiene sus propias prioridades ¿Por qué yo no puedo tener las mías? Al menos yo busco algún tipo de bienestar, aunque sea robando”.

Chávez no es capaz de darse cuenta que, con su actitud contradictoria, rompió el esquema de valores que prevalecía en Venezuela. Con su pésimo ejemplo, todos los días fabrica nuevos corruptos, porque ahora todo es válido, todo es permitido, para el que milita en la revolución. Pretende acabar con los “traidores a la revolución” y con los “quinta columna”, sin percatarse que es justamente él mismo quien los crea y quien los alienta.

Se trata, sin duda, de un extraño caso de esquizofrenia, un desorden de la personalidad, que le impide captar la realidad y comprender las consecuencias de sus actos. Pero este cuadro clínico no sólo afecta a Chávez, sino a miles de sus seguidores, que lo aplauden rabiosamente cuando él se compromete a combatir la corrupción. ¡Qué locura! ¡Qué incongruencia!

La permanencia de Chávez en el poder es la más clara garantía de que la corrupción nunca será derrotada y que, por el contrario, se incrementará exponencialmente, hasta hundirnos en las profundidades de la barbarie.