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Las enseñanzas de Trinidad Jiménez

9 November 2010

Por: Alejandro Peña Esclusa

La primera semana de noviembre, ocurrió un fenómeno político de gran importancia para todos los venezolanos, porque nos enseñó cómo unificar realmente a la oposición y cómo lograr un cambio de gobierno.

En una sesión del Senado, la Canciller de España, Trinidad Jiménez, se atrevió a decir que en Venezuela no existen presos políticos. En respuesta, absolutamente todos los sectores de nuestra oposición expresaron su enorme desagrado, a través de declaraciones, comunicados, artículos e, incluso, por medio de una protesta frente a la Embajada de España en Caracas.

La respuesta tan airada de la oposición se debió básicamente a dos motivos:

Primero, porque Trinidad Jiménez mintió; y, al hacerlo, ofendió profundamente a amplios sectores del país, que identifican a sus presos políticos como la vanguardia de la lucha contra el totalitarismo.

Y segundo, porque al negar la existencia de los presos políticos, Trinidad Jiménez también negó -indirectamente- la existencia de exiliados, perseguidos, confiscados, maltratados y humillados por el régimen de Hugo Chávez.

Pero Trinidad Jiménez desató un fenómeno aún más importante, un sentimiento que no se percibía desde hace mucho tiempo. Con sus declaraciones, ella logró despertar la indignación generalizada del pueblo venezolano.

Como seres creados a la imagen y semejanza de Dios, existe dentro de cada uno de nosotros una resistencia intrínseca -podría decirse que sobrenatural- a ser maltratados, pisoteados o humillados.

Cuando desde lo más profundo del alma, surge este sentimiento, no se hacen cálculos, no se buscan beneficios, no se miden consecuencias; sino que se exige, con una fuerza inusitada, que se nos respete la dignidad humana.

Cuando se desata la indignación, el miedo desaparece y la mirada se transforma. Es entonces cuando los pequeños vencen a los grandes, los débiles desafían a los poderosos, y los dictadores comienzan a temblar.

Ciertamente, es muy importante lograr consensos entre los partidos políticos y lanzar candidatos unitarios, pero esos son movimientos tácticos útiles y necesarios, con los cuales no se derrota a regímenes totalitarios.

Los dictadores caen cuando los líderes opositores -con su discurso y con su testimonio- despiertan en la población sentimientos sublimes de amor por la Patria, cuando enaltecen la dignidad humana, cuando canalizan constructivamente el sentimiento colectivo de indignación, y, en fin, cuando infunden el valor necesario para enfrentar al tirano.

Eso es justamente lo que debemos aprender de la respuesta a Trinidad Jiménez.

Aprovecho la oportunidad para comentar que pronto se cumplen cuatro meses de mi injusto encarcelamiento y quisiera reiterar a mis compatriotas el enorme orgullo que siento por vivir con dignidad mi cautiverio, por compartir con hombres tan valiosos esta trinchera de la libertad, y por poder demostrar, con hechos concretos, lo mucho que amo a mi Patria.

¡No desmayen queridos compatrotias! ¡Sigan luchando con valentía! ¡Tengan confianza! ¡La libertad se acerca! ¡Nuestro futuro será espléndido!