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Lineamientos para un Programa Económico de Desarrollo

5 February 2001

Por: Alejandro Peña Esclusa

Los mismos que siguió EEUU para industrializarse

Cada vez hay más consenso que el gobierno de Hugo Chávez no es viable, ni representa el interés nacional. Sin embargo, sus aliados en Hispanoamérica -los grupos que conforman el Foro de Sao Paulo (FSP)- crecen en influencia y poder en sus respectivas naciones, lo cual podría darle oxígeno adicional al régimen venezolano, e incluso permanencia definitiva.

A fin de neutralizar el avance del FSP, hay que contrarrestar antes los motivos que lo ocasionan, puesto que no se circunscriben a la corrupción y al desgaste de los partidos tradicionales; influye también la aplicación de recetas económicas equivocadas, como las del Fondo Monetario Internacional, que en lugar de fomentar el empleo y el desarrollo, causan pobreza, desempleo y recesión económica.

Ahí está el caso de Ecuador, víctima de un grave proceso de desestabilización, debido a las medidas de austeridad que aplica el Gobierno, de lo cual se aprovecha el Consejo Nacional Indígena de Ecuador (Conaie). Pronto podría haber un golpe de Estado, auspiciado y controlado por el Foro de Sao Paulo. Igual ocurre en Colombia con las medidas económicas prevalecientes y el descontento popular concomitante; la guerrilla lo capitaliza de una u otra forma.

Lamentablemente, frente al fracasado modelo marxista, los tecnócratas nos presentan como única salida el liberalismo económico. Aún después de las numerosas derrotas sufridas por el FMI -que admiten hasta sus propios directivos-, la mayoría de los economistas siguen impulsando programas basados exclusivamente en la reducción del déficit fiscal. Como consecuencia, se contrae la economía y cierran las empresas.

Pese a los ataques verbales que hacen al “neoliberalismo”, los del Foro de Sao Paulo no presentan alternativas válidas, y ejecutan con el mismo rigor los condicionamientos del FMI, como lo ha hecho el gobierno de Chávez. En la práctica, el resultado es el mismo: la recesión económica y la destrucción del empresario nacional, sólo que los del FSP le añaden los ingredientes del odio y la lucha de clases.

De no encontrar el camino de desarrollo económico, nuestra región corre el riesgo de caer en enfrentamientos y guerras civiles, y, a la larga, correr con la misma suerte de Africa.

En cuanto a lo interno, es de vital importancia presentarle a los venezolanos un proyecto de recuperación económica, porque, en primer lugar, la crítica sin propuestas no obtiene el respaldo de la ciudadanía; y en segundo lugar, hay que diseñar desde ahora un plan que logre la reactivación económica una vez salga Chávez, esa será la única manera de mantener la estabilidad social y la gobernabilidad del país.

Por estos motivos, presentamos a continuación un recuento de cómo hizo el primer Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Alexander Hamilton (1757-1804), para iniciar el desarrollo económico e industrial de su país. Seguramente sus experiencias serán de utilidad para proyectar un modelo económico exitoso.


1. Introducción

Con creciente preocupación, observamos la desaparición paulatina de la industria privada nacional, en parte porque el mal manejo de la economía la obliga a reducirse o incluso a cerrar, y en parte porque está siendo adquirida por empresas foráneas, como es el caso de la Electricidad de Caracas.

Pero también tiene culpa la ideología prevaleciente dentro de los empresarios, porque muchos de ellos, influidos por la corriente filosófica de Adam Smith, aprueban sin titubeos el libre mercado, y hasta lo consideran como el modelo a seguir en Venezuela. Piensan que el liberalismo económico fue lo que hizo de Estados Unidos una potencia industrial.

Nada más alejado de la realidad.

Como veremos continuación, Estados Unidos pudo convertirse en un gigante económico justamente por haber aplicado un sistema contrario al liberalismo inglés. Este modelo, perfeccionado por Alexander Hamilton, se conoce por el nombre de “Sistema Nacional de Economía Política” o, más brevemente, “capitalismo industrial”, en contraposición al “capitalismo liberal”.

Por algún extraño motivo, los escritos económicos de Alexander Hamilton son muy poco conocidos y no se enseñan en las facultades de Economía, pese a haber sido el economista de mayor importancia de su época y el artífice del desarrollo norteamericano luego de la Independencia de ese país. En cambio, sí se conocen sus escritos políticos, particularmente los 85 ensayos que constituyen El Federalista, obra realizada junto con John Jay y James Madison, que analiza y defiende la Constitución de los Estados Unidos.

Hamilton puso en práctica medidas dirigistas y proteccionistas, que podrían identificarse con las experiencias fallidas que tuvimos en Iberoamérica durante la década de los ochenta. Pero, aparte de la corrupción con se aplicaron en nuestros países, hay grandes diferencias entre aquéllas y éstas, siendo la más importante que los Estados Unidos desarrollaron sus propias industrias de bienes de capital y de máquinas herramienta, con un alto contenido científico y tecnológico, es decir, construyeron una economía capaz de producir sus propios bienes mafucturados; y nosotros, siguiendo los lineamientos de la Onudi y de la Cepal, nos limitamos a desarrollar industrias de ensamblaje y de bienes de consumo.

2. La vida de Hamilton

Alexander Hamilton nació entre 1755 y 1757 en Nevis, isla caribeña que hoy forma parte de Saint Kitts. La fecha exacta no se conoce con certeza. Hijo de Raquel Faucett Lavien y del comerciante escocés James Hamilton.

Trabajó desde niño como contador en la tienda de su madre, lo cual el sirvió para que lo contrataran en la sucursal de la empresa neoyorkina Nicolás Cruger, ubicada en isla de Saint Croix. Sus capacidades excepcionales le llevaron, siendo un huérfano adolescente, a asumir la dirección de la sucursal en la ausencia del dueño, donde aprendió algo del comercio y de las finanzas internacionales. El sacerdote de su comunidad religiosa, Hugh Knox, se dio cuenta de sus dotes y decidió educarlo, enviándolo luego a Nueva York, con el apoyo de Cruger. Allí entró al King´s College (hoy la Universidad de Columbia) a estudiar medicina, pero las circunstancias del momento lo llevaron a enrolarse en la Guerra de Independencia.

Cuando se iniciaron las hostilidades, formó junto con sus compañeros de estudio una compañía de artillería, luego de haberse empapado de las técnicas de artillería con detenimiento. Como consecuencia, al poco tiempo fue nombrado capitán.

La compañía de Hamilton peleó junto al ejército de George Washington en Long Island en agosto de 1776 y luego estuvo en el cruce del río Delaware, para participar en las victorias militares de Trenton y Princeton.

Impresionado por su eficiencia, inteligencia y autoridad, Washington le propuso el puesto de “ayudante de campo” a su servicio, con rango de teniente coronel. Otros generales le habían propuesto el mismo cargo, pero se había negado, porque prefería mantener la independencia de su propio comando. Sin embargo, está vez aceptó.

En 1777 casi murió a tiros, defendiendo una posición frente a las tropas inglesas que avanzaban sobre Filadelfia. Su oportuno mensaje de advertencia al Congreso, ubicado en esa ciudad, salvó a los diputados de ser atrapados por el enemigo. Sin embargo, tuvo luego el valor de criticar al Congreso por su incapacidad de obtener recursos para la guerra. Ese fue el antecedente que le llevó a estudiar la necesidad de establecer un gobierno central poderoso, que pudiera resolver los urgentes problemas nacionales. Dichos estudios fueron el origen de El Federalista, obra mencionada en la introducción.

Su manejo fluido del francés, hizo que Washington lo nombrase enlace con el almirante D´Estaing para planificar la campaña fraco-americana, luego que Francia reconociera a Estados Unidos como nación independiente. También sirvió de traductor al general alemán Von Steuben, quien no hablaba inglés, pero sí algo de francés. Estas experiencias le sirvieron para incrementar sus capacidades militares y mejorar su manejo diplomático.

Hamilton fue amigo cercano y discípulo del destacado científico norteamericano Benjamín Franklin (1705-1790), cuyas obligaciones de Estado lo llevaron a estudiar con detenimiento el tema económico.

Tal como explicamos anteriormente en un artículo (revista Fuerza Productiva, septiembre de 1999), Franklin escribió, cuando apenas tenía 24 años, un tratado sobre la necesidad y la naturaleza del papel moneda, en donde explicaba cómo estimular la economía a través del incremento del circulante.

Aparte de los escritos y planteamientos de Franklin, Hamilton también estudió al célebre economista francés Jean Baptiste Colbert (1619-1683), quien en su época reorganizó las finanzas de Francia y multiplicó admirablemente las manufacturas nacionales.

De esta forma, Hamilton se convirtió en uno de los pocos economistas capaces de asumir la dirección de las finanzas nacionales una vez consumada la Independencia.

Cuando Washington asumió la Presidencia de los Estados Unidos en 1789, no tuvo duda en nombrar a Hamilton Secretario del Tesoro, para que reconstruyera la golpeada economía de la nación. Por su cercanía a Washington, los diplomáticos extranjeros creían que era el Primer Ministro; y, en efecto, era uno de sus principales consejeros.

Su primera misión como Ministro fue organizar los ingresos y pagar las deudas ocasionadas por la guerra. Para tales fines, ordenó a sus agentes fiscales realizar un levantamiento de las capacidades productivas del país, pidiendo además información sobre el tema a comerciantes y financistas de todo del país.

Siguiendo el ejemplo de Colbert, Hamilton relegó a un segundo plano –aunque sin restarle importancia- los aspectos contables y presupuestarios. Su interés se dirigió más bien hacia las capacidades físicas de producción, es decir, al mejoramiento y desarrollo de la agricultura y la industria. Estaba convencido que la mejor forma de incrementar los ingresos fiscales era ampliando la planta productiva nacional, con lo cual aumentaría automáticamente la base de recaudación.

-Polémica con David Hume-

El economista liberal inglés David Hume advertía de los peligros de una economía basada en el crédito, alegando que, en primer lugar, requería de impuestos opresivos para pagar los intereses; en segundo lugar, creaba peligrosas disparidades en la riqueza; en tercer lugar, endeudaba la nación frente a potencias extranjeras; y en cuarto lugar, hacía que los tenedores de bonos vivieran de las ganancias de sus papeles, sin tener que trabajar.

Hamilton desestimó las advertencias de Hume y se concentró en los aspectos positivos del crédito nacional. Para demostrar la validez de su punto de vista, Hamilton puso como ejemplo la economía británica, que había surgido gracias al uso del crédito interno.

De esta manera, el crédito se convirtió en uno de los cuatro pilares fundamentales de su programa. Los otros tres fueron: la creación de un banco nacional, el impulso y protección de la industria nacional, y la promoción de la ciencia y tecnología.

Sus planteamientos fueron explicados al Congreso a través de tres informes: uno sobre el crédito (enero de 1790), otro sobre la banca (diciembre de 1790), y finalmente otro sobre las manufacturas (diciembre de 1791).

El sistema hamiltoniano tuvo un éxito arrollador y sirvió para inspirar a muchos economistas y estadistas de todas partes del mundo, incluso de Hispanoamérica, particularmente en Argentina y Chile.

Donde quiera que sus planteamientos fueron aplicados, esas naciones prosperaron, como fueron los casos de Alemania, por medio del economista Federico List, y de Japón, durante la Restauración Meiji.

Su modelo sirvió para convertir un país agrario, productor de materias primas, como lo era Estados Unidos en ese entonces, en uno industrializado, lo cual logró en relativo corto plazo, y por eso mismo nos es de gran utilidad.

Hamilton murió en 1804 en un duelo con un hombre a quien él despreciaba por su bajeza, Aaron Burr, precursor del Chase Manhattan Bank, banco que actualmente funge de coordinador de la deuda externa venezolana.

Las manifestaciones de dolor por su muerte fueron abrumadoras. Miles de personas desfilaron llorando frente a la casa donde había muerto. Llegaron mensajes de condolencia de todas partes de Estados Unidos y Europa. Recibió un funeral con plenos honores militares donde hubo una asistencia multitudinaria.

3. ¿Cómo financiar el desarrollo?

Imaginemos a Estados Unidos no como es ahora, la primera potencia del mundo, sino como era hace doscientos años, una colonia atrasada, recién salida de la guerra.

Alexander Hamilton propuso un programa de reconstrucción y desarrollo basado en dos aspectos: la construcción de obras de infraestructura y el establecimiento de una planta industrial manufacturera, que sirviera de complemento y de impulso a la actividad agraria tradicional.

Según sus propias palabras, había que llevar a cabo “obras destinadas a mejorar las comunicaciones públicas, abriendo canales, quitando las obstrucciones de los ríos y erigiendo puentes”.

Hamilton consideraba que “los buenos caminos, canales y ríos navegables, al disminuir el costo del transporte, ponen a las partes remotas de una nación a un nivel más próximo que las inmediaciones de la ciudad. Por ese motivo son la mayor de todas las mejoras. Fomentan el cultivo de las áreas remotas, que por lo general son las más extensas del país. Benefician a la ciudad, por cuanto rompen el monopolio de las zonas rurales aledañas”, y así sucesivamente. Esta estrategia se convirtió en tradición, y dio origen, aún después de la muerte de Hamilton, a la construcción de ferrocarriles y muchas otras obras de infraestructura.

En cuanto a las manufacturas, veremos más adelante cómo Hamilton las promovió insistentemente, explicando a los norteamericanos sus ventajas y beneficios.

Materia prima había en abundancia, mano de obra no tanto, pero suficiente; el cuello de botella estaba en la carencia de liquidez.

Hamilton propuso una solución sencilla y efectiva: la emisión de bonos del Estado -haciéndolos circular como efectivo- para financiar con ellos el desarrollo nacional. Pero para esto era preciso generar confianza en las finanzas estatales, lo cual no era cosa fácil, sobretodo después de la devastación física que produjo la guerra y de la onerosa deuda contraída para librarla.

Hubo gente que se opuso, como ocurre actualmente con quienes consideran inflacionaria la emisión monetaria, pero Hamilton convenció a la nación exponiendo su tesis en forma pedagógica e irrefutable.

Argumentó que los bonos no serían una carga para la nación, sino un aumento de capital de la comunidad, siempre y cuando se invirtiesen en la actividad productiva.

Dado que las manufacturas se adquirían en Inglaterra y había que pagarlas en libras esterlinas mediante la venta de sus productos básicos, la economía norteamericana sufría contracciones cada vez que bajaban los precios de las materias primas; al igual que ocurre en Venezuela cuando descienden los precios del petróleo. La idea de Hamilton era disminuir esa dependencia y amortiguar los efectos internos ocasionados por el comportamiento irregular del mercado externo.

Hamilton entendía que el agro y la industria se complementaban: el primero supliendo alimentos y materias primas al segundo, y éste proveyendo las herramientas y equipos necesarios para aumentar la productividad del primero. El desarrollo de la industria nacional aumentaría automáticamente la demanda y pronto el mercado externo sería sustituido por el interno. Faltaba solamente robustecer la liquidez en moneda nacional para arrancar el proceso y, de paso, cortar con la excesiva dependencia en la libra esterlina. La emisión de bonos cumplía la función de surtir el circulante requerido. Después de todo, no era lógico constreñir la generación de riqueza por la simple falta de papel moneda.

Constituye una verdadera ironía que actualmente muchos economistas pretendan dolarizar nuestras economías, desplazando el signo monetario nacional; cuando lo que hizo Estados Unidos para desarrollarse fue justamente lo contrario: desplazar el uso de la moneda extranjera, para crear y fomentar su propio signo.

Hamilton estaba consciente que el mal uso de los bonos era peligroso; la deuda “pudiera hincharse a tal extremo que su mayor parte dejase de servir de capital” o que “las sumas requeridas para el pago de intereses se tornasen opresivas”, decía. Incluso previno de usar la deuda para invertir en el mercado de acciones; pero su amigo y ex colaborador, William Duer, lo hizo. Contrariado, Hamilton le escribió advirtiéndole que podría terminar no sólo en bancarrota, sino en la cárcel, como de hecho ocurrió en febrero de 1772, cuando el mercado se colapsó por la especulación. Esto afectó no sólo a Duer y a sus socios, sino al delicado proceso monetario y financiero que Hamilton estaba tratando de construir.

Sin embargo, Hamilton salió adelante e insistió que, bien llevada, la emisión de papeles gubernamentales “operan como fuente de capital para los ciudadanos”. El mal manejo de la misma, que podía ocurrir ocasionalmente, no invalidaba el mecanismo.

-La confianza bien fundamentada es la clave-

¿Qué aceptación le darían los ciudadanos a unos papeles gubernamentales sin respaldo? Hamilton sabía que el papel moneda no era más que un mero instrumento de intercambio; su valor estriba en la confianza que le otorguen la ciudadanía y los países extranjeros, derivada de una buena gestión económica del Gobierno.

Dado que Estados Unidos era una nación pujante, destino de todo aquel que quisiera iniciar una nueva vida en libertad, Hamilton estaba seguro que la sociedad brindaría su apoyo al sistema financiero recién creado. Con el transcurrir del tiempo, los papeles adquirirían el valor real que le suministra el trabajo humano. Y eso fue lo que ocurrió.

Claro, Hamilton tuvo el cuidado de hacer que el Tesoro pagase puntualmente los bonos a su vencimiento, lo cual fortaleció aún más la confianza de los ciudadanos en el sistema, y de fomentar agresivamente las manufacturas nacionales, lo cual le daría respaldo real al circulante, mediante la generación de riqueza física.

A fin de facilitar la instauración de un buen sistema crediticio, Hamilton abogó por el establecimiento de un Banco Nacional, capaz de otorgar crédito sin tener que recurrir a la banca extranjera; con lo cual podría además obtenerse mejores condiciones, tanto en las tasas de interés como en los plazos de pago.

El banco tendría un capital nominal, basado en metales preciosos monetizados, pero teniendo claro que la riqueza no estribaría sólo en eso, porque, como explicó Hamilton a los estadounidenses en su Informe sobre la Banca, “la riqueza intrínseca de la nación ha de medirse, no por la abundancia de metales preciosos que contenga, sino por la cantidad de producciones de su trabajo e industria”.

De igual forma, si los venezolanos tuviésemos un Gobierno confiable y la promesa cierta del desarrollo acelerado de la industria nacional, no sería necesario recurrir al crédito externo para financiar las obras que tanta falta hacen al país; bastaría emitir papeles del Estado, tal como se hizo en los Estados Unidos en 1790, para multiplicar el presupuesto nacional.

4. La industria nacional como multiplicador de la economía

En su Informe sobre las Manufacturas, Alexander Hamiton explicó las ventajas de tener una industria nacional pujante y poderosa, frente a aquellos que la consideraban una amenaza contra la agricultura.

Hizo un análisis minucioso de cómo los establecimientos industriales “no sólo aumentan positivamente el producto y el ingreso de la sociedad, sino que contribuyen esencialmente a que éstos sean mayores de lo que serían sin tales establecimientos”.

1. Con respecto a la división de trabajo generado por la industria: primero, se mejora la habilidad y destreza que resultan de dedicarse a una misma actividad. Segundo, se ahorra el tiempo evitando la frecuente transición de una operación a otra de naturaleza diferente. Y tercero, incentiva la creatividad humana, porque “un hombre ocupado en una actividad única, la dominará mejor, y le será más natural ejercer su imaginación para inventar métodos que faciliten y abrevien su trabajo, que si se mantuviera perplejo por una variedad de operaciones independientes y distintas”.

Por estas tres causas juntas, la mera división del trabajo entre agricultores y trabajadores industriales “tiene el efecto de aumentar las capacidades productivas del trabajo y, con ellas, la masa total del producto o ingreso de una nación”.

2. El desarrollo industrial genera un aumento del uso de maquinaria, lo cual significa “una fuerza artificial introducida en auxilio de la fuerza natural del hombre; y, para todos los efectos del trabajo, es un aumento de la fuerza y la mano de obra, libre, además, del costo de manutención del trabajador”.

La sociedad se beneficia porque la maquinaria multiplica la capacidad productiva y disminuye el porcentaje de costo de mano de obra del producto, cuyo efecto es el abaratamiento de los productos y una mejor retribución para el operario, necesaria para garantizarle una vida digna a él y a su familia.

3. El desarrollo de la industria trae como consecuencia un aumento en el empleo y por tanto la prosperidad de la agricultura y el crecimiento del mercado interno.

Tal como ocurre hoy con Venezuela, el mercado interno norteamericano era pequeño en 1790, por tanto, había quienes opinaban –como opinan muchos venezolanos hoy día- que la exportación de los productos debía ser el principal objetivo de la actividad económica; sin embargo Hamilton decía lo contrario: “el mercado interno es muy preferible al externo, porque lo natural es que sea mucho más seguro”.

Hamilton orientó sus esfuerzos en hacer crecer aceleradamente el mercado interno, a través de la promoción de la industria nacional: “Para crear mercado interno” – escribió en su Informe sobre las Manufacturas- “no hay otro recurso que promover los establecimientos manufactureros. Los trabajadores de la industria, que constituyen la clase más numerosa fuera de los agricultores, son los principales consumidores del excedente del trabajo de éstos. La idea de crear un extenso mercado interno para el producto excedente del suelo, es de primordial importancia. Es el factor que más efectivamente conduce al florecimiento de la agricultura”.

Si en la Venezuela de hoy se aplicasen los mismos criterios, el ochenta por ciento de los ciudadanos que vive hoy en situación de pobreza, tendría empleo en la industria nacional y de esta forma se cuadruplicaría el mercado interno, convirtiéndose éste en un destino importante de los productos nacionales, tanto de la industria como del campo.

4. El desarrollo industrial provoca un incremento en la demanda de nuevos productos: “La multiplicación de las manufacturas no sólo genera un mercado para los artículos que se acostumbra producir abundantemente en un país, sino que también genera demanda de otros que, o no se conocían, o no se producían en grandes cantidades. Tanto las entrañas como la superficie de la tierra empiezan a ser escudriñadas, en búsqueda de elementos antes despreciados. Adquieren utilidad y valor animales, plantas y minerales nunca antes explotados”.

Sin embargo, Hamilton dejó claro que todos estos beneficios podrían obtenerse sólo en caso de fabricar los bienes nacionalmente, no en caso de importarlos: “pierde toda ventaja una comunidad que, en vez de manufacturar para sí misma, importa de otros países aquello que necesita para abastecerse. El sustituir las manufacturas propias por extranjeras es transferir al extranjero las ventajas derivadas del empleo de la maquinaria”.

5. Hamilton contra el liberalismo inglés

Hay quienes consideran que Estados Unidos desarrolló su economía poniendo en práctica los lineamientos del economista inglés Adam Smith. Por el contrario, Estados Unidos llevó a cabo la Guerra de Independencia en contra del capitalismo liberal británico y justamente para librarse de él.

Según Hamilton, hasta tanto no se desarrollara adecuadamente la industria nacional, era imposible competir con los productos extranjeros, y por eso había primero que fomentar y proteger las manufacturas internamente.

Seguidamente, citas textuales del Informe sobre las Manufacturas, de Alexander Hamilton:
Si el sistema de perfecta libertad de producción y comercio fuese el prevaleciente entre las naciones, sin duda tendrían gran fuerza los argumentos que disuaden a un país en la situación de los Estados Unidos de llevar a cabo la ardua empresa manufacturera…

Pero el sistema que acaba de mencionarse dista mucho de caracterizar la política general de las naciones. (La que hoy prevalece se rige por un espíritu contrario).

En consecuencia, los Estados Unidos están hasta cierto punto en la situación de un país excluido del comercio internacional. Fácilmente pueden obtener del exterior los bienes manufacturados que requieren, pero en la circulación y venta de los suyos propios sufren obstáculos numerosos y muy perjudiciales. Y no se trata de una sola nación foránea: las reglas de varios países con los que tenemos extensas relaciones comerciales significan grandes obstáculos al comercio de los principales productos estadounidenses.

En semejante estado de cosas los Estados Unidos no pueden comerciar con Europa en condiciones de igualdad; y esa falta de reciprocidad los hace víctimas de un sistema que los obliga a restringir sus aspiraciones a la agricultura y abstenerse de desarrollar la industria. La constante y creciente necesidad estadounidense de bienes europeos, y la parcial y ocasional demanda de los suyos a cambio, los expone a una situación de empobrecimiento, en lugar de la opulencia que tiene derecho a aspirar por sus ventajas políticas y naturales.

Estos comentarios se hacen sin ánimo de lamentación… (pero) compete a los Estados Unidos considerar cómo pueden hacerse menos dependientes de combinaciones políticas del exterior.

-Es indispensable proteger la industria nacional-

La superioridad que ya disfrutan las naciones que han logrado perfeccionar alguna rama de la industria, constituye un obstáculo formidable (para el desarrollo nacional de las manufacturas)… En la mayoría de los casos resulta imposible mantener competencia equitativa, tanto en calidad como en precio, entre las empresas recién establecidas de un país y las ya maduras de otro; las disparidades en precio, calidad o ambas cosas, serán de suyo tan considerables que impedirán el buen éxito de la competencia a menos que el gobierno ofrezca auxilio y protección extraordinarios…

(Además), es bien sabido que ciertas naciones subvencionan la exportación de ciertos productos, para que sus trabajadores puedan vender más barato y desplazar toda competencia en los países a donde se envían dichos bienes. Así, los pioneros de una nueva manufactura no sólo tienen que vérselas con las desventajas naturales de una empresa nueva, sino también con las gratificaciones y remuneraciones que dan otros gobiernos. Para poder competir exitosamente, es evidente que la intervención y ayuda de su propio gobierno es indispensable.

6 Medidas para fomentar y proteger la industria nacional

Contrariamente a lo que se piensa, Estados Unidos inició su camino al desarrollo rechazando el libre mercado. Las medidas llevadas a cabo por el primer Secretario del Tesoro norteamericano, Alexander Hamilton, incluían en forma explícita la protección de la industria nacional frente a la importación indiscriminada de bienes extranjeros. Seguidamente, extractos de su Informe sobre las Manufacturas:

Habiéndose ya examinado plenamente los atractivos de impulsar las manufacturas en los Estados Unidos, así como las objeciones que comúnmente se les contraponen, conviene considerar a continuación los medios para lograrlo…

Para formarse un mejor juicio de los medios a los que puede recurrir los Estados Unidos, será útil examinar los que se han aplicado exitosamente en otros países. Los principales son los siguientes:

I. Aranceles proteccionistas: es decir, aranceles a los artículos extranjeros rivales de los productos nacionales que se pretende fomentar.

Los aranceles de este tipo obviamente equivalen a un virtual subsidio a la fabricación nacional, pues al aumentar los sobrecargos a los artículos foráneos, le permiten al manufacturero nacional vender más barato que sus competidores extranjeros… Salvo cuando se aplican a las materias primas, tienen un efecto benéfico para las manufacturas del país…

II. Prohibición de artículos rivales o aranceles equivalentes a una prohibición.
Este es un medio distinto y eficaz de alentar las manufacturas nacionales, pero en general sólo conviene aplicarlo cuando las manufacturas del caso hayan alcanzado tal grado de desarrollo y estén en tantas manos que se garantice una competencia adecuada, así como un abastecimiento suficiente y términos razonables…

III. Veto a la exportación de materias primas necesarias para las manufacturas.
Los motivos principales para este tipo de regulación son: el deseo de garantizar un abastecimiento barato y abundante para los trabajadores nacionales, y, donde el artículo es característico del país o se produce ahí con una calidad especial, la renuencia a permitir que los productores foráneos rivalicen con los nacionales utilizando sus materias primas…
Ciertamente se trata de un tipo de regulación que debe adoptarse con gran cautela y sólo en casos muy evidentes…

IV. Subsidios pecuniarios.
Este ha resultado ser uno de los medios más eficaces para fomentar las manufacturas y, en opinión de algunos, el mejor…
Sus ventajas son las siguientes:

Es un tipo de incentivo más directo y positivo que cualquier otro, y por eso mismo tiene una tendencia más inmediata a estimular y sostener empresas nuevas, aumentando las oportunidades de ganancia y disminuyendo los riesgos de pérdida en sus primeros intentos.

No da lugar a la inconveniencia de un aumento temporal de precios, como sucede con otros tipos de incentivos, o la causa en menor grado, por cuanto no aumenta, o aumenta en menor grado, los gravámenes al artículo rival foráneo, como sucede con los aranceles proteccionistas…

Los subsidios no tienen, como los gravámenes proteccionistas, la tendencia a causar escasez. Aunque el efecto inmediato de aumentar los aranceles no siempre es un aumento de precios, la escasez es comúnmente el efecto final cuando no lo contrarresta el progreso de una manufactura nacional…

V. Premios.
Estos son de naturaleza similar a los subsidios, aunque se distinguen de ellos en ciertos rasgos importantes.
Los subsidios se aplican a la cantidad total de un artículo producido, manufacturado o exportado, y conllevan un desembolso correspondiente. Los premios sirven para recompensar alguna superioridad o excelencia especial, alguna aptitud o esfuerzo extraordinario, y sólo se otorgan en un reducido número de casos. Pero su efecto es estimular el esfuerzo general. Concebidos como gratificaciones a la vez lucrativas y honoríficas, los premios van dirigidos a diversas pasiones; tocan tanto las cuerdas de la emulación como del interés. Así, constituyen una forma muy económica de estimular la iniciativa de toda una comunidad…

VI. Exención arancelaria a las materias primas de las manufacturas.
Por regla general, y especialmente en relación al establecimiento de nuevas manufacturas, la conveniencia de tal exención es obvia. Difícilmente será jamás aconsejable añadir cargas fiscales a las dificultades que naturalmente estorban el surgimiento de una nueva manufactura; y cuando esta logra su madurez, y se convierte en objeto gravable, generalmente es mejor que sea el producto y no las materias primas el objeto de gravamen fiscal…

VII. Reintegros de los aranceles cobrados a materias primas para las manufacturas.
Ya se ha observado que, por regla general, se deben omitir los aranceles a las materias primas empleadas en la manufacturas nacionales, con ciertas excepciones…
Cuando los aranceles a las materias primas de una manufactura no se imponen para impedir la competencia con algún producto nacional, las mismas razones que por regla general aconsejan la exención de aranceles a esas materias primas, aconsejarán también permitir reintegros a favor de los manufactureros. Así, pues, tales reintegros son comunes en países dedicados sistemáticamente a las manufacturas, lo que constituye un argumento en pro de hacer algo semejante en los Estados Unidos…

VIII. Fomento de nuevos inventos y descubrimientos en los Estados Unidos, e introducción de los que se hagan en otros países, particularmente los relativos a la maquinaria.
Este es uno de los más útiles e indudables auxilios que se le pueden dar a las manufacturas. Los medios usuales de otorgarlo son las recompensas pecuniarias y, por algún tiempo, los privilegios exclusivos…

IX. Normas prudentes para la inspección de bienes manufacturados.
Ayudar a impedir el fraude contra consumidores internos y exportadores a otros países, y mejorar la calidad y conservar el carácter de las manufacturas nacionales, no puede sino contribuir a su venta más expedita y ventajosa, y servir de garantía contra la competencia de otras partes…

X. La agilización de los envíos monetarios de un lugar a otro es asunto de considerable importancia para el comercio en general, y particularmente para las manufacturas, dado que facilita la compra de materias primas y provisiones, así como el pago de los bienes manufacturados. La circulación general de documentos bancarios, que se espera resulte del reciente establecimiento de tales instituciones, será uno de los medios más valiosos para lograrlo…

XI. Agilización del transporte de mercancías.
Las mejoras en este renglón conciernen íntimamente a todos los intereses de un país, pero con las manufacturas puede decirse con propiedad que guardan una relación importante. Difícilmente se encontrará algo mejor concebido para ayudar a las manufacturas de Gran Bretaña, que el mejoramiento de caminos públicos de ese reino, y el gran progreso obtenido últimamente en la apertura de canales.